EMISORA ONLINE

martes, 5 de enero de 2016

ING. CARLOS MILLÁN PARTIÓ CON LAS BRUMAS DE FIN DE AÑO


Ambientalista, guarda arqueológico, ornitólogo, líder gremial.

La sociedad granadina conmovida con su desaparición. 

De. Edilberto Martínez Miranda.

Muchas cosas se pueden decir sobre un hombre como Carlos Arturo Millán Ocampo.  Oriundo de Manizales, felizmente casado con la sicóloga Carmen  Emilia Ortega, orondo padre de Santiago y Ana María. Ingeniero Agrónomo egresado de la Universidad de Caldas. Vinculado desde hace más de dos décadas a la región del Ariari. En el momento presente oficiaba como gerente de Fedearroz.  
Millán Ocampo disfrutaba el avistamiento de aves y la observación de la flora y la fauna. Hacía parte de una red mundial de ornitólogos y era miembro de la Asociación que los regía en la Orinoquia, entidad que presidió durante años. Amante de la investigación y la recuperación del pasado del Ariari, se apasionó por la línea indigenista y exploró juiciosamente el devenir de la Nación Guayupe, civilización desaparecida hace varios siglos y cuyos vestigios cerámicos se encuentran diseminados en el  territorio.  

Los Camorucos, la mayor de sus utopías.

Como este mojón de la historia se le convirtió en obsesión, adquirió un terruño aledaño  al Ariari, el río de sus sueños. Allí empezó a germinar con sus propios recursos, la mayor de todas sus utopías: La finca Los Camorucos, un lugar donde los visitantes pueden encontrar un mariposario, un museo donde reposan vasijas, rodillos, telares, armas y herramientas líticas de talabarte Guayupe. Además una colección de semillas y plantas nativas rotuladas con sus nombres científicos y apelativos populares.
De Izq. a derecha  Carlos A. Millan q.e.p.d. y
Edilberto Martinez, escritor
La casa de los Millán es de la arquitectura típica del eje cafetero. Sentados en el amplio comedor de madera, apuntalados con las viandas preparadas por las manos amorosas de Carmen Emilia, un variopinto grupo de amigos participamos en conversatorios convocados por el ingeniero Millán, con el fin de compilar lo que alguien llamó “Las Actas de Camorucos”, y  que contendrían un paquete de propuestas serias para el desarrollo regional.
Como a Millán Ocampo le gustaban las cosas sin arandelas ni dobleces, quiso hacer las cosas legalmente. Buscó contacto con expertos del Instituto Colombiano de Antropología e Historia – ICANH- máxima autoridad en la materia. Allí diligenció los formularios que oficializaron el ingreso de las vasijas al acervo cultural de la Nación. También le comunicaron que podía custodiarlas en Los Camorucos, siempre y cuando abriera sus puertas a las comunidades, instituciones educativas e investigadores. A quien le dicen. Lo que más anhelaba Carlos era que el mundo se enterara de la causa Guayupe.
En esos tiempos me lo encontré en el Parque Los Fundadores. Iba con Carmen Emilia. Me abrazó efusivamente. Había un brillo en sus ojos cuando me dijo: “Edilberto, las vasijas ya no son mías, pertenecen a la comunidad, a la gente”. Las hubiera podido vender en el mercado negro y se hubiera llenado de plata. Carlos era tabla que no ladeaba. Esta actitud nos muestra la estatura moral de un hombre al que le encaja con precisión el calificativo de íntegro.    
De izquierda a derecha – Carlos Millán Ocampo q.p.d
Y Edilberto Martínez
En defensa de la vida
Carlos Arturo era un defensor acérrimo del medio ambiente. En los medios de comunicación, en los espacios académicos, en las tertulias, tomando tinto con los amigos, sustentaba su posición conservacionista. Siempre le decía a quién lo quisiera escuchar, que los bosques, las aguas, el paisaje eran universos perecederos que teníamos que defender a toda costa. Consecuente y coherente con lo que pensaba  y pregonaba, se opuso radicalmente a las exploraciones petroleras en el territorio del Ariari. Eso lo tenía claro y nunca reversó esa posición que rayaba los linderos de lo fundamentalista. Nunca pensó en hipotecar el bienestar de las futuras generaciones de  la tierra que le dio cobijo maternal. Por eso se paró en la raya hasta el final. Esta biografía mínima de Carlos muestra solo una parte de los frutos de su cosecha que le permitieron ganarse el aprecio de los granadinos.

Su mala hora

Pero vientos de tramontana se ensañaron contra su pecho herido.  Su alma sencilla se llenó de dolores y decidió triscar la trocha que no tiene retorno. Carlos partió con las brumas finales de un año que quisiéramos olvidar pronto y con ese suceso luctuoso nos “tumbó el andamio”
A la hora del pañuelo, de la unción y de los santos oleos podemos decir que a toda la cofradía de sus amigos nos duele ese “mal viaje” de Carlos. Y bullen las preguntas interiores: ¿Por qué no estuvimos con el “compita” en los meses o semanas previos a su mala hora? Y también el reclamo fraternal y fuera de tiempo al ausente: Así como nos hizo compinches de sus quimeras, ¿porque no nos compartió sobre los fuegos fatuos que le quemaban por dentro?  
Carmen Emilia, la mujer que lo acompañó por años, lo amó, lo decodificó, le dio sus hijos y le alcahueteó sin reservas sus quimeras, sin reponerse de ese golpe matrero que le propinó el destino, no entiende como un hombre que amaba la vida,  tomó ese atajo que lo llevó irremisiblemente hacia el abismo.
Carlos era un amigo de esos que uno lleva en la parte más septentrional del corazón. Lo conocí a raíz de la caída del Puente Guillermo León Valencia, suceso que afectó a millares de cultivadores de arroz. Yo era reportero del Noticiero Caracol y me tocó hacer los contactos para que el periodista Guillermo Rodríguez de la Cadena Básica hiciera las entrevistas correspondientes. Desde entonces, nuestros sueños comunes y el amor por  la patria ariarence, tejieron esos lasos fraternales que con el paso del tiempo nos hermanaron cada vez más.

Antídoto contra el olvido

Esa impronta vital que dejó Carlos Arturo Millán Ocampo, en su paso por el Ariari, debe ser permeada contra el olvido.  Le corresponde a Carmen Emilia, Santiago y Ana María continuar con Los Camorucos, rodeados por supuesto, por los amigos de siempre. Recomiendo respetuosamente a los miembros de la Mesa Hídrica del Ariari, que tome el nombre del Ingeniero desaparecido. La administración municipal y el consejo de la ciudad podrían honrar la Calle Quince o la Calle Treinta con el apelativo de Carlos Millán. En sus pies está la pelota. 
Se ha marchado ese gran luchador que era Carlos Millán, cuando la tarea por defender el río Ariari, la seguridad alimentaria, el terruñito y la vida misma está casi toda por hacer. Nos va a hacer mucha falta, pero en su homenaje seguiremos hasta lo último. Un adiós sentido al amigo, un abrazo fraterno al hermano.   

POR SOLICITUD DE MUCHOS ESTAMOS HACIENDO PRESENCIA NUEVAMENTE

Después de cinco meses de estar ausente este importante medio de comunicación en redes, y   a solicitud de muchos lectores hemos decidido ...