Ambientalista, guarda arqueológico, ornitólogo, líder gremial.
La sociedad granadina conmovida con su desaparición.
De. Edilberto Martínez Miranda.
Muchas cosas se pueden decir sobre un
hombre como Carlos Arturo Millán Ocampo. Oriundo de Manizales, felizmente casado con la
sicóloga Carmen Emilia Ortega, orondo padre
de Santiago y Ana María. Ingeniero Agrónomo egresado de la Universidad de
Caldas. Vinculado desde hace más de dos décadas a la región del Ariari. En el
momento presente oficiaba como gerente de Fedearroz.
Millán Ocampo disfrutaba el
avistamiento de aves y la observación de la flora y la fauna. Hacía parte de
una red mundial de ornitólogos y era miembro de la Asociación que los regía en la
Orinoquia, entidad que presidió durante años. Amante de la investigación y la recuperación
del pasado del Ariari, se apasionó por la línea indigenista y exploró
juiciosamente el devenir de la Nación Guayupe, civilización desaparecida hace
varios siglos y cuyos vestigios cerámicos se encuentran diseminados en el territorio.
Los Camorucos, la mayor de sus utopías.
Como este mojón de la historia se le
convirtió en obsesión, adquirió un terruño aledaño al Ariari, el río de sus sueños. Allí empezó
a germinar con sus propios recursos, la mayor de todas sus utopías: La finca
Los Camorucos, un lugar donde los visitantes pueden encontrar un mariposario,
un museo donde reposan vasijas, rodillos, telares, armas y herramientas líticas
de talabarte Guayupe. Además una colección de semillas y plantas nativas
rotuladas con sus nombres científicos y apelativos populares.
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| De Izq. a derecha Carlos A. Millan q.e.p.d. y Edilberto Martinez, escritor |
La casa de los Millán es de la arquitectura
típica del eje cafetero. Sentados en el amplio comedor de madera, apuntalados
con las viandas preparadas por las manos amorosas de Carmen Emilia, un
variopinto grupo de amigos participamos en conversatorios convocados por el
ingeniero Millán, con el fin de compilar lo que alguien llamó “Las Actas de
Camorucos”, y que contendrían un paquete
de propuestas serias para el desarrollo regional.
Como a Millán Ocampo le gustaban las
cosas sin arandelas ni dobleces, quiso hacer las cosas legalmente. Buscó
contacto con expertos del Instituto Colombiano de Antropología e Historia –
ICANH- máxima autoridad en la materia. Allí diligenció los formularios que oficializaron
el ingreso de las vasijas al acervo cultural de la Nación. También le
comunicaron que podía custodiarlas en Los Camorucos, siempre y cuando abriera
sus puertas a las comunidades, instituciones educativas e investigadores. A
quien le dicen. Lo que más anhelaba Carlos era que el mundo se enterara de la
causa Guayupe.
En esos tiempos me lo encontré en el
Parque Los Fundadores. Iba con Carmen Emilia. Me abrazó efusivamente. Había un
brillo en sus ojos cuando me dijo: “Edilberto, las vasijas ya no son mías,
pertenecen a la comunidad, a la gente”. Las hubiera podido vender en el mercado
negro y se hubiera llenado de plata. Carlos era tabla que no ladeaba. Esta
actitud nos muestra la estatura moral de un hombre al que le encaja con
precisión el calificativo de íntegro.
Y Edilberto Martínez
En defensa de la vida
Carlos Arturo era un defensor acérrimo
del medio ambiente. En los medios de comunicación, en los espacios académicos,
en las tertulias, tomando tinto con los amigos, sustentaba su posición
conservacionista. Siempre le decía a quién lo quisiera escuchar, que los
bosques, las aguas, el paisaje eran universos perecederos que teníamos que
defender a toda costa. Consecuente y coherente con lo que pensaba y pregonaba, se opuso radicalmente a las
exploraciones petroleras en el territorio del Ariari. Eso lo tenía claro y
nunca reversó esa posición que rayaba los linderos de lo fundamentalista. Nunca
pensó en hipotecar el bienestar de las futuras generaciones de la tierra que le dio cobijo maternal. Por eso
se paró en la raya hasta el final. Esta biografía mínima de Carlos muestra solo
una parte de los frutos de su cosecha que le permitieron ganarse el aprecio de
los granadinos.
Su mala hora
Pero vientos de tramontana se
ensañaron contra su pecho herido. Su
alma sencilla se llenó de dolores y decidió triscar la trocha que no tiene
retorno. Carlos partió con las brumas finales de un año que quisiéramos olvidar
pronto y con ese suceso luctuoso nos “tumbó el andamio”
A la hora del pañuelo, de la unción y
de los santos oleos podemos decir que a toda la cofradía de sus amigos nos
duele ese “mal viaje” de Carlos. Y bullen las preguntas interiores: ¿Por qué no
estuvimos con el “compita” en los meses o semanas previos a su mala hora? Y
también el reclamo fraternal y fuera de tiempo al ausente: Así como nos hizo
compinches de sus quimeras, ¿porque no nos compartió sobre los fuegos fatuos que
le quemaban por dentro?
Carmen Emilia, la mujer que lo acompañó
por años, lo amó, lo decodificó, le dio sus hijos y le alcahueteó sin reservas
sus quimeras, sin reponerse de ese golpe matrero que le propinó el destino, no
entiende como un hombre que amaba la vida, tomó ese atajo que lo llevó irremisiblemente
hacia el abismo.
Carlos era un amigo de esos que uno
lleva en la parte más septentrional del corazón. Lo conocí a raíz de la caída del
Puente Guillermo León Valencia, suceso que afectó a millares de cultivadores de
arroz. Yo era reportero del Noticiero Caracol y me tocó hacer los contactos para
que el periodista Guillermo Rodríguez de la Cadena Básica hiciera las
entrevistas correspondientes. Desde entonces, nuestros sueños comunes y el amor
por la patria ariarence, tejieron esos
lasos fraternales que con el paso del tiempo nos hermanaron cada vez más.
Antídoto contra el olvido
Esa impronta vital que dejó Carlos
Arturo Millán Ocampo, en su paso por el Ariari, debe ser permeada contra el
olvido. Le corresponde a Carmen Emilia,
Santiago y Ana María continuar con Los Camorucos, rodeados por supuesto, por
los amigos de siempre. Recomiendo respetuosamente a los miembros de la Mesa
Hídrica del Ariari, que tome el nombre del Ingeniero desaparecido. La
administración municipal y el consejo de la ciudad podrían honrar la Calle
Quince o la Calle Treinta con el apelativo de Carlos Millán. En sus pies está
la pelota.
Se ha marchado ese gran luchador que
era Carlos Millán, cuando la tarea por defender el río Ariari, la seguridad alimentaria,
el terruñito y la vida misma está casi toda por hacer. Nos va a hacer mucha
falta, pero en su homenaje seguiremos hasta lo último. Un adiós sentido al
amigo, un abrazo fraterno al hermano.
