Jefe negociador del Gobierno afirma que es la hora de un
acuerdo o de dar fin a la negociación.
Por: JUAN GOSSAÍN | 10:05 a.m. | 5 de julio de 2015 Humberto de la Calle con Juan Gossaín,
durante la entrevista que le concedió para varios medios de comunicación.
Ha llegado la hora de hacerle un balance sincero a las negociaciones de paz entre el Gobierno y las Farc.
Desde noviembre del 2012, cuando se iniciaron las conversaciones, el país ha
ido pasando de la ilusión al desencanto y de la esperanza a la frustración. Se
ha vuelto tan grande esa desconfianza que en este momento, según la última
encuesta, hay un empate técnico entre los que respaldan una solución negociada
del conflicto y los que prefieren una solución militar.
No nos engañemos: en
los últimos años ha habido tantos diálogos fallidos y tantos sueños perdidos,
que la gente se ha vuelto desconfiada. La han vuelto, mejor dicho. Es por eso
que le propongo al jefe negociador, Humberto de la Calle, que nos sentemos a
conversar francamente. Con crudeza, si fuese necesario.
El país está exigiendo
que le cuenten la verdad. Yo sé que con De la Calle eso es posible porque lo conozco
bien desde que trabajamos juntos en la radio. Es el mismo hombre que hace 20
años renunció sin titubeos a la Vicepresidencia de la República por razones de
integridad y de honor.
De la Calle contesta
que sí, a pesar de su carácter refractario a las entrevistas, pero me pone una
condición: que yo le ceda nuestra charla a todos los periódicos que quieran
publicarla, grandes o pequeños, y que se comprometan a hacerlo de manera
simultánea, el mismo día, juntos, sin excluir a nadie.
No tuve que pensarlo
mucho: acepté, también de buena gana, porque me parece que es un pequeño
ejemplo de desprendimiento, de solidaridad y unión, que los periodistas podemos
ofrecerle al país en estos momentos tan cruciales. Al fin y al cabo, ninguna
primicia es más importante que la paz de Colombia.
‘Esto se está acabando’
Llevamos casi tres años
en estas negociaciones. ¿Cuánto más van a durar?
Poco –responde sin
vacilar–. No soy capaz de darle un plazo porque esa es la pregunta del millón
de dólares, pero sí me parece claro que el proceso está llegando a su fin, por
bien o por mal. Sea porque logremos un acuerdo, ya que estamos trabajando en la
recta final de los temas de fondo. O por mal, si, como está ocurriendo, la
paciencia de los colombianos se agota. El riesgo es real. Yo sí quiero decirles
a las Farc con toda seriedad: esto se puede acabar. Algún día es probable que
no nos encuentren en la mesa de La Habana. Realmente lo que está ocurriendo es
insoportable para los colombianos.
La cruda verdad es que
los colombianos no creen en el proceso de paz. Las encuestas acaban de revelar
que lo respalda menos de la mitad del país. ¿A qué atribuye usted ese
sentimiento?
Es completamente
lógico. Es producto de lo que ha ocurrido en los últimos días. A partir de la
muerte de los soldados en el Cauca viene una oleada de destrucción de la
infraestructura, con impactos terribles sobre la población civil. Una ciudad
como Tumaco, de 160.000 habitantes, se queda 45 días sin acueducto. Todos los
caños del suroccidente del país inundados de petróleo con un daño ecológico
cuya recuperación tardará décadas. Los campesinos y pescadores del Pacífico no
pueden trabajar. Lo que tenemos, en fin, es una oleada que afecta a los
ciudadanos.
El peor momento
La pregunta más
elemental que se hace la gente es esta: si las negociaciones van bien, ¿por qué
las Farc no dan muestras de buena voluntad?
Las Farc están
equivocadas contra toda lógica y evidencia. El problema de las Farc no es con
el Ejército, ni con los derechistas, ni con los que ellos llaman ‘la
oligarquía’. Es con la gente, porque es a la gente a la que están afectando. Es
lógico que la gente haya caído al nivel más bajo del escepticismo. Por eso
cunde la desesperanza. Y nosotros tenemos que tener la honestidad de decirles a
los colombianos que el proceso de paz está en el peor momento desde que
iniciamos las conversaciones.
¿Y usted espera que las Farc cambien de actitud?
Espero que sí, aunque
haya voces internas de las Farc, como la de un señor Aldecoa, quien dice que
seguirán los atentados. Eso realmente es una locura. El camino que han escogido
las Farc es insostenible para ellos. Yo confío en que seamos capaces de
recuperar la serenidad. Este no es momento de retórica sino de las decisiones
de fondo. El caucho de las palabras ya no estira más. Nosotros seguimos
buscando un acuerdo a través de la esperanza. Las Farc tienen que entender eso.
¿Usted cree que si esto fracasa va a haber otro gobierno que reemprenda
conversaciones con ese grupo? A las Farc también se les agota su tiempo militar
e histórico.
El sistema de justicia
¿Por qué está estancado el tema de la justicia que se
aplicaría a las Farc?
Porque ahora no es lo
mismo que en las negociaciones que se hacían antes. Ahora existen el Tribunal
de Roma y la Corte Interamericana, la legislación interna también ha cambiado,
hay fallos de nuestra Corte Constitucional según los cuales no se pueden
suspender la totalidad de las penas. Pero, además, el país exige justicia sin
amnistías generales. Eso no lo vamos a hacer. Y están las víctimas, que merecen
justicia. Por eso es el territorio más difícil de la negociación. Las Farc
tienen que asumir las responsabilidades de sus actos. El Estado también,
naturalmente.
Explíqueme, en términos elementales, qué es la justicia
transicional que ustedes les plantearon a las Farc.
Lo que hemos dicho en
la mesa es lo siguiente: a partir del Marco Jurídico para la Paz existe la
posibilidad de seleccionar, en primer lugar, los hechos más graves, para que
sirvan como patrón o referencia: una masacre, secuestros, violencia sexual. Una
comisión independiente hace esa selección que le sería entregada a la Fiscalía
para que escoja quiénes fueron los que cometieron esos delitos que tienen
carácter internacional. Lo que se busca es limitar la acción penal a ese tipo
de delitos y a sus máximos responsables. A ellos se les aplicaría la misma pena
que dictan las leyes vigentes, pero que podría reducirse a una pena alternativa
que se pague en condiciones de dignidad, sin rejas ni piyamas rayadas. Pero hay
que asumir las consecuencias judiciales de los actos, reparar a las víctimas y
dar garantías de no repetición. Eso es lo que hemos llamado justicia
transicional, que ya las Farc, en un paso que les reconozco, han dicho que están
dispuestas a aceptar.
Propuesta de Uribe
Sobre ese tema, el
expresidente Uribe ha planteado unas “zonas rurales de concentración” para
recluir guerrilleros condenados, sin que entreguen sus armas. ¿Usted considera
viable esa propuesta?
Me parece sumamente
constructiva. Y creo que el expresidente Uribe tiene razón. Se puede discutir
si es oportuna, pero la idea que uno tiene para acabar el conflicto es que sí
es necesario y realista promover esas zonas de concentración, que pueden ser
para gente temporalmente armada que se someta a un proceso de dejación de
armas, que es una condición esencial para que haya acuerdo y se reincorporen a
la vida civil.
¿El Gobierno puede
garantizarles a las Farc que no serán extraditados si un juez de Estados Unidos
los pide, por ejemplo, por narcotráfico?
En Colombia quien
finalmente decide sobre extradiciones es el jefe del Estado. Tenemos que crear
un marco, derivado de un acuerdo de paz, que les demuestre a los demás países
que se trata de un acuerdo serio y respetable, legítimo, para que respeten lo
acordado y no entren en controversia con el país. Que, por el contrario, haya
un apoyo internacional a una paz duradera en Colombia, y que eso haga
innecesarias las extradiciones. Eso es posible porque, aunque parezca una paradoja,
el proceso ha encontrado más apoyo afuera que aquí adentro. También es verdad
que aquí es donde sufrimos las consecuencias.
Cese bilateral del fuego
¿Ese tema de la justicia y las penas es lo que tiene
bloqueado el proceso?
Solo en buena parte.
También hay una presión de las Farc para buscar un cese bilateral del fuego.
Esa es su prioridad. Nosotros hemos dicho: cese del fuego bilateral y
definitivo, pero no solo del fuego sino también de las hostilidades, la
extorsión, el narcotráfico. Eso sí, en condiciones de seriedad y de
verificación. Mi respuesta a las Farc es: si lo que están buscando con estos
atentados es un cese del fuego mal hecho –como en el juego infantil llamado
‘estatua’, en que el otro tiene que quedarse quieto–, no lo vamos a hacer. No
habrá cese del fuego estatua. Entre otras cosas porque aquí hay otras fuentes
de violencia, distintas a las Farc, y no podemos decirle a la Fuerza Pública
que se esté quieta. Si quieren un cese del fuego, el Gobierno está dispuesto a
anticiparlo, para lo cual son fundamentales las zonas de concentración. Ese es
el camino.
¿Pero el Gobierno está dispuesto a aceptar un cese bilateral
del fuego antes de firmar el acuerdo de paz?
Esa pregunta nos lleva
a un punto crítico y esencial. Al principio la posición del Gobierno era que el
cese del fuego solo ocurriría con el acuerdo. En ese punto hemos cambiado.
Estamos dispuestos a aceptar un cese del fuego, aun antes de la firma de un
acuerdo, en la medida en que sea serio, bilateral, definitivo y verificable,
siempre y cuando tengamos la garantía de que ellos asumen su responsabilidad en
materia judicial y nacional e internacional. Que no conviertan esto en una
especie de payasada. Las experiencias del pasado, en esa materia, son pésimas.
¿No es una exageración que el presidente Santos haya ido a
Europa a decir, textualmente, que “en Colombia el posconflicto prácticamente ya
empezó”? ¿Posconflicto con esto que está pasando?
Eso quiere decir varias
cosas. Primero, que hay zonas de verdadera paz en Colombia. Segundo, y aunque
haya gente que no lo cree, todas las cifras de seguridad han mejorado en
Colombia. La reducción del homicidio este año es histórica: 443 muertes menos
que el año pasado. O sea que estamos en una tasa de 26 por cada 100.000
habitantes, lo cual no es una maravilla, ni este es el paraíso, pero el
descenso es dramático. Hay 470 municipios donde no se han presentado homicidios
este año. En este momento tenemos la tasa de secuestros más baja de los últimos
14 años, ya que de 3.706 secuestros hemos llegado a 88. No es que yo diga que
tenemos que aplaudir, pero la situación es muy distinta. A eso se refería el
Presidente.
Hablemos de la Comisión
de la Verdad. El procurador Ordóñez ha dicho que fue hecha “a la medida de las
Farc” y que, en consecuencia, no será una comisión que trabaje con la verdad de
las víctimas sino de los victimarios.
Si queremos dar el paso
a una paz duradera, la verdad es un ingrediente necesario, como la justicia y
la reparación. Es con todas las realidades, las macabras acciones de las Farc,
pero también las de otros agentes, incluso del Estado, hay que reconocerlo. En
el mundo de hoy no es posible hacer una paz sin la verdad. Porque el centro de
esto, y el ancla, son las víctimas. En 1991 intentamos hacerlo sin que
aparecieran las víctimas, y ahora estamos pagando ese error. La gente humilde
me agarra del brazo, angustiada, y me dice: “Doctor, ¿qué pasó con mi hijo o
con mi padre?”. Y me dicen que, más que reparaciones económicas, lo que quieren
es saber la verdad.
El Papa y la verdad
¿Y cómo se escogerían esos comisionados?
Primero se crea un
grupo de seleccionadores, de los cuales seis serán convenidos por las partes
(eso es lo que irrita a algunos). Y luego tres seleccionadores más, escogidos
por instituciones o personas de reputación internacional, como el Papa o las
Naciones Unidas. Estamos hablando de gente de ese tamaño. Entre todos ellos,
escogerán a nueve comisionados integérrimos, independientes y honestos que
juzguen todas las verdades. Lo que no funciona, precisamente, es que haya
verdad oficial. A eso nos oponemos. Comprendo que, mientras en el exterior
aplauden ese proyecto, aquí haya personas que creen que eso es una trampa y que
no va a funcionar.
A propósito de víctimas y reparaciones: se han entablado
hasta ahora más de 22.000 demandas por despojo de tierras. ¿Usted cree que sí
habrá una auténtica restitución?
Creo que sí. Ya se
habla de 22.000 hectáreas que están a punto de ser recuperadas en los Llanos
Orientales. Parece una paradoja, pero hablando con el director del Incoder me
decía que a veces lo que impide la reparación es el propio conflicto. Hay zonas
donde no pueden entrar ni los jueces ni nadie. Si hay un final del conflicto,
lo primero que se acelera es la estabilización del campo. Tenemos que
restablecer las zonas rurales. El jovencito que mata a alguien en la ciudad,
para robarse un celular, puede ser el hijo de un desplazado. Por eso el eslabón
de la cadena de violencia comienza allá pero termina afectando a todos los colombianos.
El Estado ganó la guerra estratégica
Militarmente hablando, ¿en qué situación están las Farc?
El predominio militar
del Estado es indiscutible. En estas encuestas recientes veo que el respaldo a
la opción militar vuelve a subir. Eso debería preocupar a las Farc porque no
había ocurrido así en los últimos 15 años. Pero eso es desconocer que la guerra
estratégica ya terminó y que el Estado la ganó. Lo que queda es una resaca
táctica que puede durar mucho tiempo y ser muy dolorosa. Ponerle una bomba al
oleoducto es muy simple. Eso afecta a los civiles, pero no tiene ningún efecto
militar.
Y, entonces, ¿por qué las Farc siguen en esas?
Porque, a pesar de esa
realidad, las Farc llegan a la mesa casi con la obligación de decir “no hemos
sido derrotados”. Las Farc están luchando ahora con su propia identidad como
grupo, con su futuro, con la historia, “cómo nos van a ver dentro de cien
años”. Perdieron la guerra, pero insisten en su condición de rebeldes porque
dicen que no pueden echar por la borda 50 años de lucha.
Las Farc como partido
¿Cómo serían las Farc sin armas?
Ahí sí, desarmados, que
sigan dándole manivela a su ideología. A nosotros no nos asusta eso. Que
entren, con garantías, a hacer política en medio del respeto de los colombianos
y de ellos hacia los colombianos.
¿Unas curules para las Farc en el Congreso, sin necesidad de
que participen en elecciones?
Yo sé que los
ciudadanos piensan eso. Yo tengo que ser totalmente honesto y decirles, así me
lluevan tomates, que en una primera etapa, netamente transitoria, el Estado y
el país tienen que abrir la mente a la participación de las Farc como partido
político desarmado. Tienen que abrirse dignamente las puertas políticas para
las Farc. Más allá de si hay curules o no, porque eso habrá que discutirlo,
creo que los colombianos tenemos que prepararnos para obrar con generosidad en
ese momento. Las Farc han sido el elemento más conservador de la vida política
colombiana. Cincuenta años de violencia disolvieron prácticamente el movimiento
sindical y el estudiantil.
Epílogo
Todavía faltan muchos
temas, pero el tiempo es limitado. El espacio de los periódicos también. A la
hora de despedirnos siento la tentación de plantearle algunos temas humanos
relacionados con su propia vida. ¿Por qué se metió en este berenjenal de
dirigir la mesa de negociaciones?
Me dice que, cuando el
presidente Santos se lo propuso “ni siquiera lo pensé, que es lo que siempre
dice la gente: déjeme pensarlo. Esas obligaciones no se piensan. Le dije que
sí, y la que quedó perpleja fue mi familia, cuando les conté”.
Le pido que me diga de
dónde piensan sacar plata para financiar el posconflicto, si el dólar está a
2.600 pesos y el barril de petróleo apenas a 60 dólares. Entonces me contesta
con una ironía profunda, los famosos sarcasmos de De la Calle: “Por eso es que
las Farc tenían que haber firmado el acuerdo de paz hace dos o tres años,
cuando el petróleo estaba a 110 dólares”.
¿Tiene ambiciones
políticas para el futuro? ¿Cuál será ese futuro? Hace un gesto de desencanto.
“Quedé curado de política hace 20 años, cuando pasó lo que pasó y renuncié a la
Vicepresidencia. Solo tengo una ambición para el futuro: vivir mis últimos años
en paz. Literalmente hablando”.
JUAN GOSSAÍN.
Tomado del periódico el Tiempo.
