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sábado, 4 de abril de 2015

¿CÓMO, CUÁNDO Y POR QUÉ CAMBIÓ LA SEMANA SANTA?


El padre Julio Solórzano explicó a EL TIEMPO los cambios en los rituales ocurridos recientemente.

Por:  FRANCISCO CELIS ALBÁN
Padre Julio Solórzano, ¿cómo era la celebración de la Semana Santa hace medio siglo y por qué cambió?
La Semana Santa era una celebración religiosa que nos llegó de España, muy llena de la nueva sensibilidad por lo humano que trajo el Renacimiento, con una necesidad muy grande de ver a escala natural el dolor, la tragedia, el sufrimiento, los grandes temas humanos cifrados en toda la imaginería religiosa; tradiciones muy coloridas, con música y toda la sensibilidad barroca. Esa fue la Semana Santa que nos llegó y que heredamos. Tenemos grandes celebraciones por todas partes, Mompox, Popayán y en varios pueblos de Santander. Era la celebración de una sociedad católica y de una cultura católica.

La transformación del mundo, pero también la de la Iglesia, ha llevado a que en el presente, con nuevas sensibilidades, se despoje de mucho ropaje y pueda verse con inmensa nitidez cuando menos para el pueblo creyente, el centro de nuestra fe, que es lo que conmemoramos en Semana Santa: la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo.

Pero no tanto a la manera de una obra teatral, que era la estructura histórica, folclórica, que teníamos, que eran como unas representaciones a lo vivo, cargadas de sensibilidad, de muy buenos sentimientos humanos y cristianos, y llena de muy loables tradiciones, por ejemplo, para la vida de la familia; las comidas del Jueves Santo... muchísimas tradiciones culturales, pero al mismo tiempo una visión y una experiencia recortada, en cierto modo, del misterio cristiano.
Por ejemplo, las celebraciones de Semana Santa iban hasta el Viernes Santo. El centro de la Semana Santa era el dolor, la muerte. La gente iba a los actos del Viernes Santo prácticamente como a funeraria. Todo el mundo de vestido negro, las señoras de mantilla negra, solemne silencio. Había que hacer duelo por el Señor, que murió. Era a ese nivel la sensibilidad. Después, la procesión del resucitado era una cosita del sábado a las seis de la mañana con las señoras más piadosas de la parroquia, pero no tenía un significado mayor.
Es decir, el acento de la celebración estaba o pendía sobre el elemento sacrificio, muerte, dolor, pero el otro elemento, la otra dimensión de nuestra fe, que es el triunfo sobre la muerte, sobre el dolor, la salvación quedaba opacado. Me parece que este es un elemento para aproximarnos a un análisis de la celebración antigua y su comparación con la actual.
Entonces, ¿qué pasó para que se produjera la decisión de dejar atrás esa manera de celebrarla?

Pasó que vino la gran reforma de la Iglesia en el Concilio Vaticano II, por la década del 60, una época de grandes transformaciones. La nuestra se llamó el Concilio Vaticano II. La Iglesia tomó profunda conciencia de la necesidad de volver a las fuentes, y de dejar un poco el ropaje que, con el paso de la historia, fuimos llevando. Con el paso del tiempo, las instituciones viejas, como las casas viejas, también se van llenando de bártulos, de cosas accesorias.
Entonces la Iglesia tomó esa determinación muy fuerte de volver a los fundamentos, a la estructura, a los evangelios y a la vida cristiana de las primeras comunidades hasta antes del constantinismo. Hasta antes del 300 y pico, cuando pasa de ser una religión perseguida, proscrita, a volverse una religión de Estado.
Esa fue una manera estratégica por parte del poder político, pues ya quedaban muy pocos no cristianos. Todo el paganismo estaba superándose por el cristianismo. Entonces lo que hace el emperador Constantino, y con él el establecimiento, es sumarse al pueblo cristiano, que ya era un gran número y que tenía una ascendencia muy fuerte sobre la sociedad de entonces.
Era gente éticamente muy bien formada, con una visión espiritual, con una nueva visión sobre la vida y sobre la muerte y sobre las relaciones humanas la que le dio la estocada al paganismo decadente. Este se había deteriorado, había llevado a una vida de molicie, de irrespeto total por la persona, y todo eso fue sobrepasado por la ética cristiana.
Sin embargo, creció con un problema muy serio: la Iglesia tiene que ser generadora... tiene que ser siempre generadora de cultura, pero se volvió también generadora de Estado. Se vieron grandes problemas a ese nivel en la historia de los períodos posteriores hasta llegar a la era Moderna. En ese paso, la Iglesia se fue haciendo en Europa prácticamente la única religión, hasta los grandes cismas. El cisma del siglo X de los hermanos ortodoxos y hasta el cisma de Lutero.
Pero digamos de modo general que la dinámica dominante en lo religioso fue la Iglesia católica. Y con eso fue creciendo, haciendo cosas maravillosas –arte, música, pintura, estatuaria–, fue plasmando su fe en cultura, pero, en un momento dado, fue tan grande lo que se plasmó que el tesoro de la fe cristiana quedó como sepultado bajo semejante catarata de tradiciones, unas que expresaban el misterio de la fe, otras que más bien lo ocultaban.
Fue por esto que la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, se sacudió de esa carga de tradiciones y dijo: seguimos amando la tradición con ‘t’ mayúscula, que es el torrente vivo de la fe a lo largo de los siglos, pero tenemos que quitar todo lo que está lleno de hojarasca, de pequeñas tradiciones y de pequeñas prácticas que deslucen el sentido verdadero de la fe.
Esa es la razón profunda, creo yo, por la cual cambian muchas cosas en la Iglesia. Por ejemplo, la liturgia, el modo de celebrar.
Antes celebrábamos en latín, que heredamos del Imperio romano y que era el inglés de la época, la lengua global. La Iglesia lo adoptó para sí, pero llegó un momento en que nadie hablaba latín y nosotros seguíamos hablando en latín. La Iglesia dijo: la celebración hay que llevarla al pueblo en el lenguaje en el que el pueblo habla. La palabra hay que traducirla. En eso se adelantó enormemente Lutero, quien tradujo la Biblia al alemán, cuando Gutemberg creó los medios para hacerlo. Nosotros lo hicimos muchos siglos después, de una manera mucho más organizada y pensando en mantener la unidad de la fe.
Esa profunda transformación de la Iglesia es la que cambia los modos de celebrar y de vivir la Semana Santa. No solo las transformaciones de parte nuestra, sino las transformaciones del mundo.
Vivimos en un mundo que es pluricultural, plurirreligioso, en donde tenemos que aprender a vivir todos los que tenemos distintas maneras de creer, de pensar, de existir. Entonces, eso hace que nos libremos un poco de autoritarismos de grupos mayoritarios, y aun minoritarios, que quieren obligar a otros a vivir de determinada manera. Por eso hoy la Iglesia católica es hoy una entre las iglesias, lo cual me parece hermoso y coherente con el mundo en que vivimos.
Había entre los fieles una serie de costumbres en la Semana Santa que eran muy curiosas. Los niños, por ejemplo, no podían jugar, correr o gritar. ¿Eso qué razón de ser tenía?
Es verdad, florecía una serie de prácticas. Yo creo que el espíritu de la Semana Santa penetraba todos los ambientes. La dieta, por ejemplo: se podía comer delicioso el Jueves Santo, pero después venían restricciones. Las costumbres, la música, el juego de los niños… Los niños debían estar quietos, callados, no decir nada.
En las familias, los primeros días estaban llenos de oficios domésticos y de preparación de comidas, porque desde el Jueves Santo no se podía hacer ninguna labor. Pienso que hay algo del sabbat judío, el descanso total para celebrar lo sagrado.
Era un tiempo de mucha austeridad. Había una necesidad de crear un ambiente sacro. Pero no solo en la Iglesia y en la comunidad creyente, sino en la cultura. Recordemos que se interrumpía la música que se oía corrientemente en la radio o en los hogares. Y hasta los más pachangueros tenían que oír a Wagner y cantos gregorianos, y no había modo de que las emisoras pasaran otra música. La sociedad toda entraba en un ambiente de sacralidad.
Y uno recuerda que se propagaban mitos. Que si el padre le iba a pegar a su hijo se le paralizaba el brazo. Que si se bañaba se convertía en un pez…
Muy al uso de la época, buena parte de la transmisión de valores se hacía aupada en el miedo. Niño al que el papá le iba a pegar, si corría se lo tragaba la tierra. Era algo que se hacía para salvar el sentido de la autoridad paterna. Que si alguien se iba a nadar a la laguna se volvía sirena. Recuerdo leyendas que decían que el Viernes Santo las almas salían del purgatorio, y que si alguien se escapaba al bar se podía encontrar con ellas.
Los mitos realmente no son mentira, son modos de explicar la realidad a partir de la imaginación. Sobre todo con un sentido de obligar a unas conductas.
La sexualidad era otro asunto vedado en Semana Santa.
Yo no creo que haya habido nadie que hubiera hecho prohibiciones al respecto y, sin embargo, el sentido sacro penetraba hasta las alcobas de los matrimonios.
Eran muchísimos mitos que no tenían nada que ver con la fe. Yo los llamo ‘ropajes’, que ocultan, más que revelan, el sentido de la celebración de la Semana Santa. Creo que eso ha cambiado y que ahora muchos añoran. Pero haber perdido esos ropajes nos ha hecho ganar un sentido verdadero de la propuesta de la fe.
Con estos cambios, ¿la Iglesia católica ha perdido una feligresía que antes era multitudinaria?
Por lo menos en Bogotá, los templos siguen llenos. No sé qué proporción sea con relación al total de la población, pero seguimos teniendo una inmensa concurrencia. Todas las celebraciones están a reventar.
Hubo un momento dado en la historia en que Iglesia y sociedad eran lo mismo. Éramos una sociedad católica. Un tiempo en que nos ufanábamos en decir que el 99 por ciento de la población era católica. Hoy no lo podemos decir ni siquiera estadísticamente. Hemos aprendido que somos una Iglesia en medio de otras opciones de vida y de fe.
Eso también nos hace profundamente respetuosos –en eso tenemos que seguir trabajando– de otros modos de creer y de vivir. Y nos ayuda a centrarnos en lo nuestro. Ya no somos un poco los ‘guardianes’ de la moral y de la religión de todo el mundo. Hay unas palabras que Jesús repite en mi corazón y él las dijo muchas veces en su paso por este mundo: “El que quiera seguirme...”. No es por decreto de ningún Estado.
Hay modos de entender religiones que tratan de volverlas estados y el resultado es catastrófico, en términos de bombas y de muertos. Las religiones, por lo menos la nuestra, no están para ser un Estado ni una teocracia. El hecho de haber perdido eso nos da mucha libertad. Uno ve que la gente que participa hoy lo hace porque quiere, porque es su opción, porque la palabra que celebramos y proclamamos nutre, porque la experiencia de la fe compartida llena la vida de todos de luz, de alegría, de paz. Porque la fe trae todos los bienes espirituales a la vida.
Eso es posible porque nos libramos de un montón de gente (da pena decirlo así) que ojalá algún día redescubrieran la fe y vinieran a vivirla de otro modo. Personas que ya no estén preocupadas del vestido negro para el Viernes Santo, sino preocupadas de su corazón.
Un cambio drástico, padre...
El tema de nuestra fe se juega en el interior de la persona. Por eso, en cuanto perdamos más ‘arandelas’ externas, de apariencia, y en la medida en que ganemos profundidad espiritual y autenticidad en la vida de las personas, somos una respuesta, según el querer de Jesús, para la humanidad. Creo que es perder unas formas culturales para poder abrirse, poder ir a lo esencial. Para podernos encontrar de nuevo con el Jesús del Evangelio, con la comunidad viva.
En este contexto, parece que la gente más joven está regresando a jugar un papel importante dentro del catolicismo de hoy.
Todo esto ha hecho un impacto muy grande entre los jóvenes, que nos veían –tal vez porque lo éramos– acartonados, rígidos e inmiscuidos en lo que no nos era del todo propio. Siempre nos será propio el bien común, el servicio desinteresado a la comunidad, como Jesús mandó. Siempre nos será propio estar preocupados por las realidades del mundo, pero no somos los que dirigimos las realidades del mundo. Podemos hacer aportes amables, amorosos, de corazón, no buscando estar en el poder.
Eso nos ha liberado y nos ha hecho posible hacer entrar aire fresco. Por eso el papa Juan XXIII dijo que hay que abrir las ventanas de la Iglesia para que entre aire fresco.
Francisco, el papa actual, lo dice con toda urgencia: no solamente abrir las puertas sino ir al encuentro de los seres humanos. Seguramente tanta vestimenta y tanta tradición nos impedían movilidad y disponibilidad, y ocultaba cosas que, siendo auténticas, son inmensamente impactantes y renovadoras..




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Después de cinco meses de estar ausente este importante medio de comunicación en redes, y   a solicitud de muchos lectores hemos decidido ...