El padre Julio Solórzano explicó a EL TIEMPO los cambios en
los rituales ocurridos recientemente.
Por: FRANCISCO CELIS ALBÁN
Padre Julio Solórzano,
¿cómo era la celebración de la Semana Santa hace medio siglo y por qué cambió?
La Semana Santa era una
celebración religiosa que nos llegó de España, muy llena de la nueva sensibilidad
por lo humano que trajo el Renacimiento, con una necesidad muy grande de ver a
escala natural el dolor, la tragedia, el sufrimiento, los grandes temas humanos
cifrados en toda la imaginería religiosa; tradiciones muy coloridas, con música
y toda la sensibilidad barroca. Esa fue la Semana Santa que nos llegó y que
heredamos. Tenemos grandes celebraciones por todas partes, Mompox, Popayán y en
varios pueblos de Santander. Era la celebración de una sociedad católica y de
una cultura católica.
La transformación del
mundo, pero también la de la Iglesia, ha llevado a que en el presente, con
nuevas sensibilidades, se despoje de mucho ropaje y pueda verse con inmensa
nitidez cuando menos para el pueblo creyente, el centro de nuestra fe, que es
lo que conmemoramos en Semana Santa: la pasión, la muerte y la resurrección de
Cristo.
Pero no tanto a la
manera de una obra teatral, que era la estructura histórica, folclórica, que
teníamos, que eran como unas representaciones a lo vivo, cargadas de
sensibilidad, de muy buenos sentimientos humanos y cristianos, y llena de muy
loables tradiciones, por ejemplo, para la vida de la familia; las comidas del
Jueves Santo... muchísimas tradiciones culturales, pero al mismo tiempo una
visión y una experiencia recortada, en cierto modo, del misterio cristiano.
Por ejemplo, las
celebraciones de Semana Santa iban hasta el Viernes Santo. El centro de la
Semana Santa era el dolor, la muerte. La gente iba a los actos del Viernes
Santo prácticamente como a funeraria. Todo el mundo de vestido negro, las
señoras de mantilla negra, solemne silencio. Había que hacer duelo por el
Señor, que murió. Era a ese nivel la sensibilidad. Después, la procesión del
resucitado era una cosita del sábado a las seis de la mañana con las señoras
más piadosas de la parroquia, pero no tenía un significado mayor.
Es decir, el acento de
la celebración estaba o pendía sobre el elemento sacrificio, muerte, dolor,
pero el otro elemento, la otra dimensión de nuestra fe, que es el triunfo sobre
la muerte, sobre el dolor, la salvación quedaba opacado. Me parece que este es
un elemento para aproximarnos a un análisis de la celebración antigua y su
comparación con la actual.
Entonces, ¿qué pasó para
que se produjera la decisión de dejar atrás esa manera de celebrarla?
Pasó que vino la gran
reforma de la Iglesia en el Concilio Vaticano II, por la década del 60, una
época de grandes transformaciones. La nuestra se llamó el Concilio Vaticano II.
La Iglesia tomó profunda conciencia de la necesidad de volver a las fuentes, y
de dejar un poco el ropaje que, con el paso de la historia, fuimos llevando.
Con el paso del tiempo, las instituciones viejas, como las casas viejas,
también se van llenando de bártulos, de cosas accesorias.
Entonces la Iglesia
tomó esa determinación muy fuerte de volver a los fundamentos, a la estructura,
a los evangelios y a la vida cristiana de las primeras comunidades hasta antes
del constantinismo. Hasta antes del 300 y pico, cuando pasa de ser una religión
perseguida, proscrita, a volverse una religión de Estado.
Esa fue una manera
estratégica por parte del poder político, pues ya quedaban muy pocos no
cristianos. Todo el paganismo estaba superándose por el cristianismo. Entonces
lo que hace el emperador Constantino, y con él el establecimiento, es sumarse
al pueblo cristiano, que ya era un gran número y que tenía una ascendencia muy
fuerte sobre la sociedad de entonces.
Era gente éticamente
muy bien formada, con una visión espiritual, con una nueva visión sobre la vida
y sobre la muerte y sobre las relaciones humanas la que le dio la estocada al
paganismo decadente. Este se había deteriorado, había llevado a una vida de
molicie, de irrespeto total por la persona, y todo eso fue sobrepasado por la
ética cristiana.
Sin embargo, creció con
un problema muy serio: la Iglesia tiene que ser generadora... tiene que ser
siempre generadora de cultura, pero se volvió también generadora de Estado. Se
vieron grandes problemas a ese nivel en la historia de los períodos posteriores
hasta llegar a la era Moderna. En ese paso, la Iglesia se fue haciendo en
Europa prácticamente la única religión, hasta los grandes cismas. El cisma del
siglo X de los hermanos ortodoxos y hasta el cisma de Lutero.
Pero digamos de modo
general que la dinámica dominante en lo religioso fue la Iglesia católica. Y
con eso fue creciendo, haciendo cosas maravillosas –arte, música, pintura,
estatuaria–, fue plasmando su fe en cultura, pero, en un momento dado, fue tan grande
lo que se plasmó que el tesoro de la fe cristiana quedó como sepultado bajo
semejante catarata de tradiciones, unas que expresaban el misterio de la fe,
otras que más bien lo ocultaban.
Fue por esto que la
Iglesia, en el Concilio Vaticano II, se sacudió de esa carga de tradiciones y
dijo: seguimos amando la tradición con ‘t’ mayúscula, que es el torrente vivo
de la fe a lo largo de los siglos, pero tenemos que quitar todo lo que está lleno
de hojarasca, de pequeñas tradiciones y de pequeñas prácticas que deslucen el
sentido verdadero de la fe.
Esa es la razón
profunda, creo yo, por la cual cambian muchas cosas en la Iglesia. Por ejemplo,
la liturgia, el modo de celebrar.
Antes celebrábamos en
latín, que heredamos del Imperio romano y que era el inglés de la época, la
lengua global. La Iglesia lo adoptó para sí, pero llegó un momento en que nadie
hablaba latín y nosotros seguíamos hablando en latín. La Iglesia dijo: la
celebración hay que llevarla al pueblo en el lenguaje en el que el pueblo
habla. La palabra hay que traducirla. En eso se adelantó enormemente Lutero,
quien tradujo la Biblia al alemán, cuando Gutemberg creó los medios para
hacerlo. Nosotros lo hicimos muchos siglos después, de una manera mucho más
organizada y pensando en mantener la unidad de la fe.
Esa profunda
transformación de la Iglesia es la que cambia los modos de celebrar y de vivir
la Semana Santa. No solo las transformaciones de parte nuestra, sino las
transformaciones del mundo.
Vivimos en un mundo que
es pluricultural, plurirreligioso, en donde tenemos que aprender a vivir todos
los que tenemos distintas maneras de creer, de pensar, de existir. Entonces,
eso hace que nos libremos un poco de autoritarismos de grupos mayoritarios, y
aun minoritarios, que quieren obligar a otros a vivir de determinada manera.
Por eso hoy la Iglesia católica es hoy una entre las iglesias, lo cual me
parece hermoso y coherente con el mundo en que vivimos.
Había entre los fieles
una serie de costumbres en la Semana Santa que eran muy curiosas. Los niños,
por ejemplo, no podían jugar, correr o gritar. ¿Eso qué razón de ser tenía?
Es verdad, florecía una
serie de prácticas. Yo creo que el espíritu de la Semana Santa penetraba todos
los ambientes. La dieta, por ejemplo: se podía comer delicioso el Jueves Santo,
pero después venían restricciones. Las costumbres, la música, el juego de los
niños… Los niños debían estar quietos, callados, no decir nada.
En las familias, los
primeros días estaban llenos de oficios domésticos y de preparación de comidas,
porque desde el Jueves Santo no se podía hacer ninguna labor. Pienso que hay
algo del sabbat judío, el descanso total para celebrar lo sagrado.
Era un tiempo de mucha
austeridad. Había una necesidad de crear un ambiente sacro. Pero no solo en la
Iglesia y en la comunidad creyente, sino en la cultura. Recordemos que se
interrumpía la música que se oía corrientemente en la radio o en los hogares. Y
hasta los más pachangueros tenían que oír a Wagner y cantos gregorianos, y no
había modo de que las emisoras pasaran otra música. La sociedad toda entraba en
un ambiente de sacralidad.
Y uno recuerda que se
propagaban mitos. Que si el padre le iba a pegar a su hijo se le paralizaba el
brazo. Que si se bañaba se convertía en un pez…
Muy al uso de la época,
buena parte de la transmisión de valores se hacía aupada en el miedo. Niño al
que el papá le iba a pegar, si corría se lo tragaba la tierra. Era algo que se
hacía para salvar el sentido de la autoridad paterna. Que si alguien se iba a
nadar a la laguna se volvía sirena. Recuerdo leyendas que decían que el Viernes
Santo las almas salían del purgatorio, y que si alguien se escapaba al bar se
podía encontrar con ellas.
Los mitos realmente no
son mentira, son modos de explicar la realidad a partir de la imaginación.
Sobre todo con un sentido de obligar a unas conductas.
La sexualidad era otro
asunto vedado en Semana Santa.
Yo no creo que haya
habido nadie que hubiera hecho prohibiciones al respecto y, sin embargo, el
sentido sacro penetraba hasta las alcobas de los matrimonios.
Eran muchísimos mitos
que no tenían nada que ver con la fe. Yo los llamo ‘ropajes’, que ocultan, más
que revelan, el sentido de la celebración de la Semana Santa. Creo que eso ha
cambiado y que ahora muchos añoran. Pero haber perdido esos ropajes nos ha
hecho ganar un sentido verdadero de la propuesta de la fe.
Con estos cambios, ¿la
Iglesia católica ha perdido una feligresía que antes era multitudinaria?
Por lo menos en Bogotá,
los templos siguen llenos. No sé qué proporción sea con relación al total de la
población, pero seguimos teniendo una inmensa concurrencia. Todas las
celebraciones están a reventar.
Hubo un momento dado en
la historia en que Iglesia y sociedad eran lo mismo. Éramos una sociedad
católica. Un tiempo en que nos ufanábamos en decir que el 99 por ciento de la
población era católica. Hoy no lo podemos decir ni siquiera estadísticamente.
Hemos aprendido que somos una Iglesia en medio de otras opciones de vida y de
fe.
Eso también nos hace
profundamente respetuosos –en eso tenemos que seguir trabajando– de otros modos
de creer y de vivir. Y nos ayuda a centrarnos en lo nuestro. Ya no somos un
poco los ‘guardianes’ de la moral y de la religión de todo el mundo. Hay unas
palabras que Jesús repite en mi corazón y él las dijo muchas veces en su paso
por este mundo: “El que quiera seguirme...”. No es por decreto de ningún
Estado.
Hay modos de entender
religiones que tratan de volverlas estados y el resultado es catastrófico, en
términos de bombas y de muertos. Las religiones, por lo menos la nuestra, no
están para ser un Estado ni una teocracia. El hecho de haber perdido eso nos da
mucha libertad. Uno ve que la gente que participa hoy lo hace porque quiere,
porque es su opción, porque la palabra que celebramos y proclamamos nutre,
porque la experiencia de la fe compartida llena la vida de todos de luz, de
alegría, de paz. Porque la fe trae todos los bienes espirituales a la vida.
Eso es posible porque
nos libramos de un montón de gente (da pena decirlo así) que ojalá algún día
redescubrieran la fe y vinieran a vivirla de otro modo. Personas que ya no
estén preocupadas del vestido negro para el Viernes Santo, sino preocupadas de
su corazón.
Un cambio drástico, padre...
El tema de nuestra fe
se juega en el interior de la persona. Por eso, en cuanto perdamos más
‘arandelas’ externas, de apariencia, y en la medida en que ganemos profundidad
espiritual y autenticidad en la vida de las personas, somos una respuesta,
según el querer de Jesús, para la humanidad. Creo que es perder unas formas
culturales para poder abrirse, poder ir a lo esencial. Para podernos encontrar
de nuevo con el Jesús del Evangelio, con la comunidad viva.
En este contexto,
parece que la gente más joven está regresando a jugar un papel importante
dentro del catolicismo de hoy.
Todo esto ha hecho un
impacto muy grande entre los jóvenes, que nos veían –tal vez porque lo éramos–
acartonados, rígidos e inmiscuidos en lo que no nos era del todo propio.
Siempre nos será propio el bien común, el servicio desinteresado a la
comunidad, como Jesús mandó. Siempre nos será propio estar preocupados por las
realidades del mundo, pero no somos los que dirigimos las realidades del mundo.
Podemos hacer aportes amables, amorosos, de corazón, no buscando estar en el
poder.
Eso nos ha liberado y
nos ha hecho posible hacer entrar aire fresco. Por eso el papa Juan XXIII dijo
que hay que abrir las ventanas de la Iglesia para que entre aire fresco.
Francisco, el papa
actual, lo dice con toda urgencia: no solamente abrir las puertas sino ir al
encuentro de los seres humanos. Seguramente tanta vestimenta y tanta tradición
nos impedían movilidad y disponibilidad, y ocultaba cosas que, siendo
auténticas, son inmensamente impactantes y renovadoras..

