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domingo, 18 de febrero de 2018

QUÉ SUCEDE EN COLOMBIA CON LA SALUD MENTAL DE VETERANOS DE GUERRA?


De Juan Ricardo Díaz Ayure.

Es difícil reflexionar sobre la salud mental de los colombianos cuando el énfasis de las políticas está puesto en su bienestar físico. Más complicado todavía cuando ese énfasis está organizado por un sistema de seguridad social ineficiente y endeudado que delega el cuidado de la vida al sector privado (corrupto en muchos casos).
Pero no por eso se debe dejar de hablar sobre aquello de lo que no se habla y causa cierto malestar. Por ejemplo, de la salud mental de los colombianos, de la salud mental de los afectados por el conflicto armado y, en especial, la de quienes sufren por su condición de excombatientes.
De acuerdo con las cifras del Hospital Militar, antes de la desmovilización de la guerrilla de las Farc se registraban hasta mil militares heridos en combate cada año. Es decir, entre dos y tres por día. Los datos más recientes, del año pasado, señalan una reducción del 97 por ciento en el número de afectados. Por supuesto, estas estadísticas se refieren tan solo a las afectaciones físicas. Poco se sabe acerca del estado psicológico de quienes han vivido expuestos a condiciones de confrontación armada.
Pero hay ciertos indicios. Por ejemplo, en el 2015, la teniente coronel Rosmery Garzón, entonces coordinadora de psiquiatría del Ejército, calculó que el 22 por ciento de quienes componían esa fuerza padecían de estrés postraumático. Así mismo, señaló que existían otros grupos de combatientes, no bien definidos, con cuadros clínicos asociados con la depresión, la ansiedad y el trastorno bipolar de personalidad. Por la falta de tratamiento, la mayoría de estos casos tienen una alta probabilidad de convertirse en crónicos.
Importa señalar que los causantes de esta sintomatología son tanto la crudeza de las experiencias asociadas con el conflicto armado como la vulnerabilidad social, afectiva, familiar y económica de la cual provienen la inmensa mayoría de combatientes rasos que engrosan las Fuerzas Armadas regulares e irregulares.
Por justicia y por negocio
Sin embargo, Colombia se rehúsa a reconocer la importancia del bienestar mental, y no solo de quienes han peleado la guerra, sino de la población en general.
Sórdida realidad cuando se compara con la de países como Inglaterra, que desde el 2008 avanza hacia un sistema gratuito para atender la salud mental de sus habitantes, con la sorprendente y grata presentación de cifras como la de un millón de personas evaluadas por año de funcionamiento.
Y no es porque esto sea un lujo de una sociedad avanzada, sino porque los responsables de las políticas se percataron de que este tipo de intervención es más económico para el sistema; por ejemplo, mediante los cambios en materia de capacidades laborales y productividad de las personas mentalmente sanas. De hecho, en Colombia, el Hospital Militar ha asegurado que el trabajo en el bienestar mental contribuye a la recuperación física de heridos en combate.
En Inglaterra se está encontrando evidencia creciente sobre el hecho de que las atenciones en salud mental contribuyen a reducir los niveles de agresividad, afectividad negativa y uso de la violencia.
Pero Colombia está tan lejos de esa realidad que hasta el acompañamiento a excombatientes traumatizados por la violencia es una utopía. ¿Cuántos años más tendrán que pasar para que se formalicen políticas públicas y programas dedicados a trabajar con esa población? ¿Cuáles crisis y problemas asociados con el estado mental de esas personas tendrán que vivir los colombianos para que las autoridades del ramo lleven a cabo acciones en este campo?
En Estados Unidos, un país con larga tradición guerrerista, es un hecho demostrado que una parte significativa de los soldados que combatieron en Irak y Afganistán padecieron o padecen algún síntoma asociado con el trastorno por estrés postraumático (TEP).
Este trastorno está incluido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM) y en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), que son referencias y fuentes de consulta para el estudio y el diagnóstico de enfermedades mentales en el mundo.
Estas fuentes nos explican que el TEP es una respuesta en forma de malestar a un acontecimiento estresante, amenazante o catastrófico relacionado con la exposición a la muerte, lesiones graves, daño físico o violencia sexual; peligros a los que suelen estar expuestos quienes participan en confrontaciones bélicas. Algunos de los síntomas que se le asocian son: insomnio, reacciones con sobresalto exagerado, sueños y recuerdos angustiosos, comportamiento irritable o imprudente, autoaislamiento, autodestrucción, pesadillas, recurrencia de escenas retrospectivas y estado emocional negativo.
Toda esta sintomatología ha sido llevada al cine en películas como ‘Nacido el 4 de julio’ y, más recientemente, ‘Francotirador’.
En Estados Unidos, el número de suicidios de veteranos de guerra no es nada despreciable. En ese país, 41.000 personas se quitan la vida cada año, y la tasa de suicidios aumentó 25 por ciento entre 1999 y el 2014.

Ha sido tal la magnitud de este problema que en el 2015, el presidente Obama firmó la Ley Clay Hunt, cuyo objetivo es mejorar los procesos de evaluación y prevención del suicidio en veteranos de guerra, mediante acciones para mejorar su salud mental. Este, sin duda, es un avance importante para Estados Unidos y una lección para otros países en conflicto sobre la necesidad de abordar el problema de las consecuencias psicológicas de la guerra de una manera seria, como una preocupación básica de salud pública. Y no es para menos, cuando se sabe que la sintomatología del TEP tiene como veredicto final el suicidio.

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